Biografía de Manuel Machado | Machado. Revista de estudios sobre una saga familiar.

MANUEL MACHADO. Biografía

Posted By on julio 23, 2010

Manuel Machado (1874-1947)

Datos biográficos, con especial referencia a las actividades relacionadas con el teatro.

Autor: Rosa Sanmartín Pérez.

Manuel y Antonio Machado. (Sevilla 1883).

Manuel Machado nació un 29 de agosto de 1874 en Sevilla; era el mayor de nueve hermanos[1].

En 1883 se traslada con su familia a Madrid, donde ingresaría, junto con Antonio, en la Institución Libre de Enseñanza. A Sevilla volvería en 1896, cuando su familia decide alejarlo del Madrid bohemio, para que continúe su carrera en la universidad de Filosofía y Letras, donde se licenciaría.

Manuel aprovechó su estancia en Sevilla para continuar su labor de escritor, que había comenzado años atrás:

De los doce a los quince años -¡qué edad!- era yo ya poeta, versificador al menos, y encontraba una gran facilidad para la rima y el ritmo, sin tener que contar las sílabas con los dedos, como le ocurría a muchos de mis condiscípulos[2].

De esta época también son “los periódicos manuscritos que los Machado hacían, y que iban de mano en mano, entre los asistentes a casa de doña Victoria, [en donde Zayas representaba teatro]”[3].

En 1893 pasa a formar parte de los colaboradores de La Caricatura, a petición de Enrique Paradas, director de la publicación. Fue una de las revistas humorísticas de la época, aunque tuvo muy poca vida: 1891-1893. De esta última etapa son las colaboraciones de Manuel y Antonio Machado:

Pues bien, este Enrique Paradas, Antonio Machado y yo sostuvimos más de un año el semanario satírico “La Caricatura”, escribiéndonos las treinta y dos o treinta y seis páginas de que constaba. El gran caricaturista Ángel Pons se lo dibujaba todo. Fue esta mi primera aventura periodística. Quedé por entonces bien harto de las letras de molde[4].

Dos poemarios escribiría con Enrique Paradas, Tigres y alegres (1894) y Versos (1895).

En 1896 comienza su colaboración con El Porvenir de Sevilla. Allí publicará algunos poemas[5] y, posteriormente, en 1897, se embarcará, junto a su hermano Antonio, en el Diccionario de ideas afines y Elementos de Tecnología. Compuesta por una sociedad de literatos bajo la dirección de Eduardo Benot[6], de la que Manuel Machado pasará a ser secretario de Redacción.

También en El Porvenir continuaría con su faceta de crítico teatral, comenzada cuatro años antes en La Caricatura. Como explica el profesor Alarcón Sierra:

Las dos reseñas teatrales aparecieron el 30 de marzo y el 2 de abril de 1897, en la tercera página de El Porvenir. Sorprende la cercanía de ambas y su falta de continuidad; las críticas sucesivas muchas veces aparecen sin firma; tal vez alguna fuera de Manuel Machado, pero entonces, ¿por qué firmar unas sí y otras no, cuando, además, conocemos su «deseo prematuro de publicidad»?. También podemos pensar que nuestro escritor sustituyó eventualmente en esas dos ocasiones a la persona que se ocupaba normalmente de desempeñar esa tarea y que, una vez reincorporada ésta a sus funciones, Machado no tuvo otra ocasión de hacer críticas teatrales. Hipótesis aparte, lo cierto es que sólo encontramos dos colaboraciones de este tipo firmadas por nuestro autor a lo largo de todo 1897[7].

Tres años más tarde, en  1899, Manuel Machado se traslada a París. Allí conocerá a los simbolistas que dejarían su impronta en el poeta, especialmente en sus siguientes composiciones; aunque años más tarde, volvería a retomar el folklore popular como base de su creación poética.

En 1901 aparece la revista Electra en la que colaborarán Pío Baroja, José Martínez Ruiz, Ramiro de Maeztu, Francisco Villaespesa, Ramón María del Vallé-Inclán, y Manuel Machado, como secretario; quien, a su vez, tendría una sección fija en la revista, «Los poetas del día», en la que también Antonio Machado publicó algunos de sus poemas.

En sus estancias en Sevilla conoce a su prima Eulalia Cáceres, con la que contraerá matrimonio en Sevilla, un 15 de junio de 1910. Ella sería la encargada de custodiar los fondos machadianos que, casi un siglo después, darían a conocer parte de la creación literaria de los hermanos Machado, que hasta la fecha había permanecido inédita, y que mostraban algunos aspectos de la biografía y la bibliografía de ambos autores hasta ahora desconocida.

Dos años más tarde, en 1912[8], salía a la luz su Cante Hondo, poemario que recogía la tradición andaluza y popular tan arraigada en su padre, Antonio Machado Álvarez, Demófilo.

En noviembre de 1916, Manuel Machado, entraría a formar parte de la redacción de El Liberal, donde ejercería de crítico teatral, con un tono menos satírico que el que habíamos visto con anterioridad en La Caricatura, y de donde pasaría a La Libertad en 1919. De la época de El Liberal son los artículos en los que volcaría sus aportaciones a la escena española: necesidad de una renovación teatral, creación de un Teatro Nacional, profesionalización del actor,… que quedarían plasmados, posteriormente, en su Manifiesto Teatral.

A este respecto se refirió la investigadora García-Abad:

De este modo, si cotejamos lo que podríamos denominar como éxitos comerciales (obras que se han acercado o superado la mítica cifra de las cien representaciones) del periodo con el volumen de recensiones tratadas por Manuel Machado en La Libertad, se evidencia un desinterés palpable del crítico por un tipo de teatro popular o comercial a favor de otras opciones que muestran una atención especial al teatro clásico y extranjero. De unas sesenta obras que rondaron el centenar de representaciones, Manuel Machado atiende en su selección sólo a veinticinco. No todas ellas, por otra parte, merecen un juicio favorable del autor[9].

El teatro que recibimos allende nuestras fronteras se muestra como uno de los pilares fundamentales para la renovación y la asimilación de corrientes vanguardistas. Especial atención muestra Machado ante el teatro extranjero. De las cuatrocientas reseñas recogidas para este estudio unas ciento cincuenta se refieren a obras de autores extranjeros. Manuel Machado nos acerca a través de sus críticas al panorama teatral que se disfruta fuera de España, y a la recepción que el público y la crítica le dispensan a lo largo de estos seis años. Figuras de la importancia de Pirandello, Bernard Shaw, Strindberg o D’Annunzio van a ser objetivo esencial de su interés[10].

El tono autobiográfico fue una constante en la creación literaria de Manuel Machado. En 1917, en un artículo aparecido en El Liberal y, publicado posteriormente en Un año de teatro, ensayos de crítica dramática (1918) decía así:

Por mi parte no me siento lo más livianamente grave, ni siquiera serio, ni menos triste ni avinagrado. La vida no me ha sido lo bastante enemiga para eso. Y en mis cuarenta años de existencia (treinta por lo menos pueden repartirse entre los dolores y las alegrías, en la proporción corriente, ya que yo empecé muy niño [con la muerte de su padre]), he pasado mis penas, he saboreado mis goces, he visto mucho y he reído bastante. Nada, en resolución, ha podido acibarar mi natural benévolo, ni desarraigar un optimismo que no fundo yo precisamente en una alta estimación de los hombres, sino en la admiración que siento por lo mucho que hacen… dado lo poco que valen y pueden.

Creo, con todo, en el adelanto y el progreso de la raza, en la eficacia del esfuerzo, es decir, que más que un optimismo claro lo que profeso yo es un “meliorismo” decidido. Pienso que todo puede ser, y creo en todo… y en algo más. Y, sobre todo, “aprovecho gustoso la ocasión” de revelar cualquiera clase de acierto por leve, por ligero, por insignificante que sea, que advierto en torno mío. Por lo demás todo trabajo positivo, todo lo que es arte (poco o mucho), todo que es obra merece mi respeto, cuando no mi estimación[11].

Tono autobiográfico, en este caso premonitorio, que continuaría en el artículo aparecido el 2 de febrero de 1917 en el mismo diario y que, bajo el título “Recuerdo”, se refería a la creación dramática compartida:

Sin duda por la dualidad que entraña el diálogo, predominante en las producciones escénicas y tal vez por otras causas (sin hablar de las de carácter administrativo) el hecho es que las comedias suelen escribirse entre dos, cuando no las llevan entre cuatro al palco escénico. Cierto, me diréis, que nunca se escribieron en colaboración las grandes obras dramáticas, «Hamlet», «La vida es sueño», y aun pudiera añadirse que el valor de tales producciones suele estar en razón inversa del número de sus autores. Pero, en fin, de lo mediano para abajo –salvo excepciones raras, los Goncourt, los Quintero- siempre se encuentra el ambo firmando las piezas teatrales.

Tal vez, pensando piadosamente, sea más grata la gloria compartida, más llevadera y amable la labor de la producción emprendida entre dos o más escritores[12].

Como ya habíamos anotado anteriormente, sería en este mismo diario, donde Manuel, en 1918, aprovecharía sus columnas periodísticas no solo para realizar crítica teatral, sino para dar a conocer sus opiniones sobre el teatro español. La necesidad de una reteatralización o una regeneración de la escena española ya se apuntaba en el crítico muy tempranamente.

En una serie de tres artículos, bajo el título “Hacia un teatro nuevo”[13], anunciaba las teorías teatrales que después quedarían plasmadas en el Manifiesto Teatral de 1928; Manifiesto que fue escrito en un primer momento por Antonio Machado, y que se amplió hacia 1932, con ideas y presupuestos de Manuel que ya habían sido formulados dos décadas atrás.

Manuel Machado, más abierto a propuestas teatrales que su hermano Antonio, hablaba así de la necesidad de un teatro nuevo:

El problema se presenta, pues, claro: Se trata de variar y, si es posible, de mejorar el espectáculo[14].

Esta variación pasaba por la necesidad de volver al teatro clásico (propuesta esta que aparecería también en el Manifiesto Teatral y que apuntaría, asimismo, otro dramaturgo amigo de los hermanos, Unamuno):

En efecto, aunque los intentos, orientados en este sentido han sido siempre agradecidos del público y de la crítica y coronados por un éxito material y artístico más o menos grande, todavía no puede decirse que han resuelto la situación francamente. Tenemos presente al hablar así las loables empresas de resurrección de nuestro teatro clásico iniciadas primero por Rafael Calvo, después por Fernando Mendoza y María Guerrero, y últimamente, el intento de teatro artístico de carácter general, llevado a cabo por Martínez Sierra en sus temporadas de Eslava.

[…]

Aplaudiendo de todo corazón esas felices iniciativas, encontramos que la falta de continuidad por un lado y de método por otro, han sido la causa de que el éxito no se haya encauzado francamente en este sentido, y de que el público siga un tanto desorientado. No queremos hablar de mal gusto o mal tino en la elección de obras ni relevar desaciertos o insuficiencias en la Empresa. Nos parece llegada la hora de colaborar todos de un modo positivo a su desarrollo y perfeccionamiento[15].

El artículo continúa con una necesidad de hacer un teatro de arte, pues: “… no siempre sea justo –ni provechoso- «hablarle en necio para darle gusto»[16].”

Sobre la necesidad de una vuelta al teatro clásico español como único remedio para la vuelta a un teatro de arte decía:

En cuanto se refiere a las obras, si el teatro Español ha de cumplir su principal cometido, el de ostentar a la vista de nacionales y extranjeros la espléndida historia de nuestro teatro (el primero del mundo, después del de Shakespeare), es de todo punto imprescindible que metódicamente, siguiendo un orden cronológico, que explica por sí solo su desarrollo, se representen allí constantemente las principales obras de nuestro teatro desde López de Rueda hasta la actualidad, dando, como es natural, la mayor importancia, esto es, el mayor número de representaciones de la época de nuestro mayor florecimiento teatral, a nuestra dramaturgia clásica de los siglos de oro, por la que somos estimados en la literatura mundial, merced a los nombres de Lope de Vega, Tirso de Molina, Moreto, Alarcón, Rojas, con su cohorte de satélites menores Montalbán, Matos, Castillo Solórzano, Hurtado, etcétera, etc., harto menos importantes, pero también atendibles y necesarios en una historia, por somera que sea, de nuestro teatro. Seguirán a estos –como siguieron en nuestra literatura-, los adalides de la reacción neoclásica, Moratín, Meléndez, Huerta, Quintana. Y vendrán luego, en proporción importante, el espléndido florecimiento romántico con el duque de Rivas, García Gutiérrez, Hartzenbusch, Zorrilla.

[…]

A esto hay que atender sobre todo. Pero no cumpliría el teatro municipal de Madrid sus altos fines de cultura general, si a la historia ejemplar de nuestro teatro no uniese, en una prudente medida, la vulgarización de la literatura dramática universal en sus momentos y obras fundamentales. Convendría, pues, que no pasara año sin que se diera a conocer algunas obras de la antigüedad clásica griega y latina, y de los grandes teatros mundiales: el inglés con Shakespeare, el francés, con Molière y Corneille; el alemán, con Goethe y Schiller; el ruso, con Tolstoi; el danés, con Ibsen, o Bjornson, etcétera, etcétera[17].

En estos artículos aludía también Manuel a la necesidad de un teatro público, como ya estaba ocurriendo en otros países de Europa:

El ensayo, pues, de una temporada teatral de la amplitud artística y literaria que se pretende, habría que hacerlo –a imitación de otros países- en un teatro intervenido oficialmente. No hay otro para este caso en Madrid que el Teatro Español. […] el Teatro Español sea lo que debe ser: una institución verdaderamente artística y educativa al mismo tiempo, digna de sus gloriosas tradiciones dramáticas. Y también, un alto modelo para los demás teatros de España[18].

La institución de un teatro verdaderamente artístico, que cumpla los fines ideales y educativos que hay derecho a esperar de él, no puede ser considerado como un negocio y menos como una renta, sino, por el contrario, como un servicio establecido en beneficio de la cultura y de las necesidades espirituales del país: tal una academia, una escuela, un museo.

[…]

Claro está que el desideratum sería que el propio Ayuntamiento conservara sobre el teatro Español todas las facultades, incluso las administrativas y económicas; es decir, que no concediese la explotación del teatro a ninguna empresa particular, y que se constituyera él mismo en empresario, o, cuando menos, formara parte de la asociación de elementos que acometiera la empresa, organizándola, por ejemplo, a semejanza de los teatros oficiales franceses, con actores asociados y pensionados, y reservándose siempre la alta dirección y la suprema autoridad delegada en un director y en el Comité presidido por éste.

[…]

Y cuenta, sin embargo, que para realizarla bastaría seguir el precedente de los teatros oficiales extranjeros, cuyos reglamentos tenemos a la mano, y aun con aprovechar para el caso casi íntegro, el que se redactó y publicó por nuestro ministerio de Instrucción pública para la ejecución de la ley de 12 de Marzo de 1909, creando el Teatro Español con carácter de teatro nacional. No sería ésta la primera vez que el Ayuntamiento de Madrid llevado de su buen deseo se sustituyera al Estado para la realización de nobles y provechosas iniciativas.

[…] y suponiendo que el Municipio madrileño no quiera o no pueda dar a su teatro esa organización en cuanto a lo administrativo, y continúe confiándolo a un concesionario particular, siempre puede y debe, en cuanto a la parte artística, conservar una plena soberanía y ejercitarla e imponerla de modo que el teatro Español, no sólo responda a sus tradiciones, sino que venga a ser –como debe- la academia, la escuela y el museo de nuestro glorioso arte dramático[19].

Junto a esta necesidad de crear un teatro de arte, un teatro público, abogaba, asimismo, Machado, por una escuela de arte dramático, donde los actores pudiesen trabajar todas las materias (dicción, interpretación…) necesarias para llevar a escena con sublime calidad estas obras que serían el inicio de una regeneración del arte dramático:

… a la formación de una compañía dramática adecuada a la empresa de la regeneración de nuestro Teatro.

[…]

¿Será el Conservatorio, docta y hábilmente dirigido, el creador de un plantel de actores preparados para este género y aleccionados con preferencia en la clara dicción, en la vocalización exquisita, en el sentido del ritmo y de la rima, en el conocimiento detallado de las épocas históricas y, finalmente en el amor de la poesía y en el respeto de las obras maestras que, para ser su verdadero intérprete se requiere?

[…]

En la representación de «Hamlet», de «La vida es sueño», de «La estrella de Sevilla», de «El avaro», lo que interesa particularmente es Shakespeare, Calderón, Lope, Molière, y es punto menos que criminal, y desde luego de un repugnantísimo mal gusto, en un actor, pensar en el propio lucimiento[20] a expensas de la integridad o de la tonalidad del drama.

[…]

Por otra parte, la dificultad de formar una compañía para la representación de nuestras obras clásicas –fondo principal del Teatro Español-, no es tampoco insuperable, dado que el reparto de dichas obras comporta un escaso número de primeros papeles: un galán actor dramático, una primera actriz, dos damas jóvenes, un buen segundo galán, un actor de carácter y un gracioso, compondrían casi absolutamente el cuadro principal. Los personajes secundarios, lo son, en general tanto, que fácilmente se les hallaría intérprete. Para estos casos pudiera, como en otros países se hace, poner a contribución de los alumnos aventajados del Conservatorio –que completarían así sus estudios prácticos- mediante contratos especiales más o  menos efímeros[21].

Los tres artículos dan buena cuenta de las teorías dramáticas que luego aplicaron los hermanos en sus creaciones. Desde la importancia de cultivar a los clásicos y los románticos (como en Desdichas de la fortuna o Julianillo Valcárcel, Juan de Mañara, o La duquesa de Benamejí), pasando por la importancia que le da al Teatro Español (donde ellos estrenaron su último drama, La duquesa de Benamejí) y a la compañía Guerrero-Díaz de Mendoza (que estrenó su primer drama original Desdichas de la fortuna o Julianillo Valcárcel).

Estas teorizaciones sobre el teatro nuevo de Manuel Machado que, como ya hemos apuntado, quedarían retratadas en su creación dramática, nada tendrán que ver con las posteriores teorías sobre “reteatralización” que surgieron en la escena española y que solo se verán representadas en el último drama de Antonio Machado El hombre que murió en la guerra.

Pero no sería esta la primera vez que el crítico se refería a la forma de hacer teatro. El 18 de enero de 1917, en la crítica a Las Máscaras de Don Juan, de Ceferino R. Avecilla y Manuel Merino, afirmaba:

Para que el teatro no sea un artificio poco menos que despreciable, tiene que ser un arte punto menos que divino. O tratar de serlo. Un paso en el camino, es camino. Fuera de que “ars longa, vita brevis”, no a todos es dado llegar a la meta. Pero tropezar y aun caer, por alzar los ojos a la cima, es siempre más gallardo que caminar sobre seguro, baja la vista y sin otro fin que el de asentar el pie.

Ahora bien; la cima en el teatro está en crear personajes vivos, como los que rodeamos en la calle, verdaderos hombres y mujeres verdaderas, que con las eternas pasiones por móvil dan lugar a todos los dramas del mundo, esos dramas que el pueblo, más filósofo que nadie y más complejo y más claro que mil psicólogos, dramaturgos y cuentistas encierra en una frase bien sencilla y definitiva: «cosas de hombres y mujeres»[22].

Manuel Machado, que siempre estuvo interesado por “lo nuevo”, dedicó, asimismo, columnas periodísticas al gran invento del siglo XX: el cine. Bajo el título “La cuestión del cinematógrafo” refería las dificultades y aciertos que tan singular invento había venido a alterar la vida teatral madrileña:

Ante todo –se pregunta [Manuel Machado]-, ¿cuál es el verdadero encanto del cinematógrafo? La vida. La reproducción viviente y animada de la realidad. Más que cromática, más que fonética, la vida es cinemática.

[…]

¡Oh, sí, el verdadero encanto del cinematógrafo es… una conquista más sobre la Muerte![23]

Gran entusiasta de este nuevo invento, encontraba un pequeño inconveniente:

El cine-teatro, es decir, las creaciones de la fantasía llevadas al cinematógrafo, constituyen, sin embargo, lo que más priva y lo único que se discute[24].

Paradojas de la vida, él mismo sería uno de los dramaturgos llevado a la gran pantalla. Su obra de mayor éxito, La Lola se va a los puertos, fue filmada en dos ocasiones, con la misma poca fortuna. En ninguno de los dos casos se mantiene la esencia del drama y se pierde de vista la importancia del personaje de La Lola, en su personificación del cante hondo, tan arraigado en la figura de ambos hermanos, y del de Heredia, representación de la filosofía popular española.

Con todo Manuel Machado se enfrenta a los “enemigos acérrimos” del cine:

Oigamos a los contrarios: abuso del melodrama lacrimoso y sentimental. Escuela del vicio con los dramas policíacos. Pervertidor del gusto con las eternas astracanadas de Charlot o de Toribio…

Pero, señores míos, ¡el melodrama ni el folletín policiaco son, por ventura, creaciones del cinematógrafo! ¿No tiene éste, acaso, la ventaja de servírnoslo sin palabras, al menos?

Y en cuanto a las astracanadas «vaudevillescas», que aquí se detienen mudas, aunque expresivas, sobre la tela blanca, ¿no nos las prodigan a diario, de telones adentro, gentilmente aderezadas con un colmo de colmos y chistes eméticos?

[…]

En cambio, ¿qué teatro podría darnos hoy en España esas maravillosas reconstrucciones históricas, verdaderos cuentos de hadas, que se llamas «Quo Vadis» […]?

[…]

Los grandes autores han visto sus grandes obras reproducidas ventajosísimamente por el «cine», en cuanto a la apariencia artística.

[…]

Y en el terreno puro y universal del Arte, ¿cuándo flotará más alta nuestra bandera y nuestro nombre que el día que –en tela encantada y encantadora de los cinemas europeos- pueda aparecer sobre el llano manchego la inmortal figura de Nuestro Señor Don Quijote?[25]

No serían estas sus únicas opiniones volcadas en las columnas periodísticas. En un artículo publicado en El Liberal afirma Machado, defendiendo la aceptación del teatro bufo, como una forma dramática correcta:

Para atreverse con el teatro bufo, grosero (como usted [se refiere a Tomás Borrás] quiera llamarlo, menos cuadrúpedo), sólo hace falta desenfado, ingenio, gracia, oportunidad, aparte de innegable habilidad de comediógrafos, que tienen un Arniches, un Álvarez, un Muñoz Seca, y que ya constituye un mérito positivo. Atreverse a lo bufo no es alentar a nada, no es osar a cosa respetable, no es pretender la alta estimación de nadie. Y no hay derecho ninguno a vituperar y menos a desconsiderar a los que lo cultivan. Ni a pedirles cuenta de ambiciones que no tienen[26].

Con este artículo pretende Manuel Machado dar por bueno un tipo de dramática que estaba muy en boga en el primer tercio del siglo XX. El género bufo, siempre que se aprecie como tal, es tan válido como cualquier otro género dramático, dice el autor. Pero con la frase “Ni a pedirles cuenta de ambiciones que no tienen” deja Machado claro que de ese género no se puede esperar un acierto dramático ni literario, simplemente un acierto de gracia que puede satisfacer a un público, a veces angustiado por una situación histórico-social penosa, como la que se estaba desarrollando en España en aquellos años.

Muchas veces, este público, hastiado de las vicisitudes de la vida cotidiana, acudía al teatro como medio de distracción, como evasión. No olvidemos que este artículo está escrito en 1916, en plena recesión económica tras la I Guerra Mundial que, paradójicamente, había traído bienestar social durante los años anteriores.

Continúa Manuel Machado con este artículo sobre los géneros teatrales haciendo una crítica explícita a los que cultivan el arte dramático, sin tener conocimientos ni preparación para ello:

En cambio, toda la severidad de la censura y aun todo el desprecio de los hombres discretos me parece poco para aquellos que, sin una honda  preparación, sin altura y sin fuerza mental ejercitada, contrastada en el estudio, en la observación, sin talento siquiera para dudar, tienen la inaudita osadía de atacar el arte dramático en serio y la ridícula pretensión de hacernos pensar y sentir, de inquietar lo sagrado de nuestro espíritu con dramas y comedias que no están pensados ni sentidos en la realidad; con obras en que el conocimiento de las pasiones y el del medio de manifestarlas brilla por su ausencia, ignorantes del arte y de la vida, retóricos, y borréicos, puerilmente pedantes y empachados de vaga, desordenada y pobre literatura, han invadido la poesía, la novela y el teatro; el teatro, sobre todo, donde, en vez de los grandes hechos que desnudan a las almas, abunda la pura conversación, que las disimula y las oculta; el teatro, donde no «ocurre nada», o casi nada, y se habla, se habla eternamente para desesperación del mísero auditorio (que se va al cine, al melo-folletín, a la astracanada); no al teatro con amantes que no se hacen el amor y enemigos que no se matan; un teatro atónito, sin sentimientos, sin hechos, un drama (όράώ: hacer); un teatro verdadista, abrumadoramente literario. Un teatro sin pasión, sin movimiento, sin amores, sin muerte… y sin vida. Un teatro compuesto casi exclusivamente de cabezas parlantes». Y ¡qué cabezas, por lo general![27]

Esta abierta crítica a quienes hacen, y permítaseme el término, un no-teatro, forjará las bases sobre las que posteriormente los hermanos Machado plasmaran toda su teoría teatral y su creación dramática, basada, principalmente, en la acción y el diálogo, como centro de su composición.

Por último, indica Machado quién es el verdadero enemigo del teatro, dándonos pequeños apuntes biográficos de su faceta como crítico.

No le canso más. Que yo no voy contra lo serio, sino contra lo pseudoserio, que no voy contra el arte, sino contra el artificio torpe y huero. Y habrá usted notado que aun en eso no soy tiránico, y que llamo a muchas cosas medianas, aunque me parecen, ¡y lo son!, rematadamente malas[28].

No es a lo que cae fuera del arte a lo que hay que combatir. El enemigo lo tenemos en casa. El enemigo de nuestro teatro tal cual es, sobre todos, la literatura mal dirigida, la literatura, que, como fondo de los dramas hace de la vida una pura conversación hueca, una sombra chinesca y caricaturesca de la realidad, sin virtud y sin alma, y que, como forma, no tiene importancia ninguna en el teatro. ¡Si yo le dijera a usted que Bernstein escribe mal, ¡muy mal! Y si le hiciera notar que Benavente escribe aún peor, y que ambos lo saben, y que se les da un ardite, porque saben, también que son los dos más grandes dramaturgos de Europa…[29]

Como muchos otros cronistas teatrales, también Manuel Machado comentó la tan reiterada crisis teatral. A ella se refería en los siguientes términos:

El público ha dictado ya «grosso modo» su fallo sobre el total. La temporada ha sido, dice, en general, mala; pésima, añaden los mal humorados.

Por su parte, los organizadores de espectáculos –empresarios y directores de teatro- no encuentran nada mejor que quejarse del público y declararse punto menos que impotentes para buscarle el gusto.

El éxito innegable de algunas producciones dramáticas o finamente cómicas en esta misma temporada me afirma en tal opinión. Pero lo que más en ella me ahinca es el fracaso iniciado ya francamente, y cada día más acentuado y palpable, de las grotescas bufonadas antiartísticas que con el remoquete de astracanadas habían invadido la escena española sin tasa ni medida. La burda inocencia de tales farsas –que tienen su lugar propio, empero, y su modesto sitio en determinados teatros- no satisface ya las exigencias artísticas de un público en que las gentes de buen gusto empiezan a predominar, dándole un nivel y un tono incompatible con ciertas ordinarieces. Alguna gente se ríe todavía un poco con ellas y otro poco de ellas; pero cada día les escatima más severamente el aplauso[30].

Unos años más tarde, entre 1933-34, colaboró Machado en una sección fija del diario La Libertad. En una serie de artículos bajo el título “Antena”, abordaba temas de actualidad a través de la poesía popular, tal y como habíamos visto años atrás en sus colaboraciones de La Caricatura. No incluiremos aquí todas estas colaboraciones[31], pero sí indicaremos la importancia que tuvieron algunas de ellas por su relación con el teatro y toda la teoría teatral que apareció recreada en la dramaturgia conjunta machadiana.

Durante toda esta época de colaboraciones en La Libertad, Machado se granjeó no pocos enemigos; aunque también, algunos amigos con los que compartiría su afición a la música. De entre ellos destaca su amistad con el músico Óscar Esplá. Con él, una vez llegada la República, en los primeros meses de 1931, trabajó en la composición del posible himno de la República. El 26 de abril de 1931 ponían letra y música a este himno, que solo se oiría una vez en el Ateneo de Madrid, pues se decidiría continuar con el himno de Riego.

Pero no sería esta la única vez que el poeta dramaturgo mostrara su adhesión a la causa republicana. En una entrevista (sin datación exacta) publicada por el periodista Viu, Manuel y Antonio Machado se manifestaron como “convencidos republicanos”[32]:

La República es la forma racional de gobierno, y por ende, la específicamente humana. Contra ella pueden militar razones históricas, místicas, sentimentales, nunca razones propiamente dichas, que emanen del pensamiento genérico, la facultad humana de elevarse a las ideas. Por eso la República cuenta siempre con el asentimiento teórico de las masas, con sólo que éstas alcancen un mediano grado de educación ciudadana. Se requiere una abogacía muy sutil para convencer al pueblo de los motivos pragmáticos, nada racionales, que le aconsejen inclinarse a otras formas de gobierno. En España, esta abogacía ha fracasado. Porque a la monarquía española no la abona ya, a los ojos del pueblo, ni el éxito a través de la historia, ni el sentimiento religioso, ni siquiera el estético. No tiene defensa posible, y en verdad, nadie la defiende[33].

Esta faceta republicana le supuso a Manuel Machado el encarcelamiento. Durante los primeros días del levantamiento militar, Manuel se encontraba en Burgos con su esposa Eulalia Cáceres, visitando a la familia de ésta. Allí, denunciado por algunos fascistas, por ser personaje público conocido por todos y afín a la República, fue encarcelado. Las gestiones de la hermana de Eulalia, consiguieron sacar a Manuel de allí. Aquello supuso la renuncia a las ideas con las que siempre había comulgado:

Parece ser que, en aquellos momentos confusos, Manuel, al darse cuenta de lo que estaba ocurriendo a su alrededor, o que iba a ocurrir de un momento a otro, trató de volver con Eulalia Cáceres a Madrid, pero que perdieron el último autocar. La ciudad castellana cayó enseguida en manos de los sublevados, y se inició allí una dura represión de los elementos «rojos». Manuel, cuyos sentimientos republicanos acaso eran conocidos de algunos de los gerifaltes fascistas locales, pasó al principio unos ratos muy difíciles, e incluso estuvo detenido durante los primeros momentos. Liberado gracias a las gestiones de su mujer y de Carmen, consiguió trabajo, como corrector de pruebas en el diario burgalés El Castellano, y antes de terminar agosto ya está inscrito en las filas de la Falange[34].

El 6 de enero de 1937, tras su encarcelamiento en Burgos, Manuel Machado publicó en la prensa una poesía dedicada a Franco que le tildaría, ya para siempre, como “franquista”[35]:

¡España!

Ayer fuera el Alcázar de Toledo,

Con su nuevo Guzmán, sol en la Historia…

Hoy, émula en honor, dolor y gloria,

La epopeya magnífica de Oviedo.

Y en Galicia, Navarra, y en Castilla

Y en Aragón… derroche de arrogancia.

Y la gracia feliz, y la elegancia

Con que a la Muerte “toreó” Sevilla:

¡Oh, la España de Franco, baluarte

Contra la plaga asiática en Europa!

¡Siempre volcada a la tremenda hazaña!

¡Oh, de la guerra la pasión y el Arte…

Madre de Mundo, de titanes tropa…

España única y grande. ¡Arriba España![36]

Así se sucedieron unos años de afinidad al Régimen que ha costado el olvido del poeta dramaturgo. Esta faceta dramática olvidada, desfavorece también las aportaciones que Antonio hizo a la dramaturgia del primer tercio del siglo XX, así como a sus teorías teatrales. Por otra parte, y como ya hemos explicado anteriormente, también esta etapa ensombreció las aportaciones teóricas que el mayor de los hermanos hizo al teatro de aquellos años; aportaciones, en muchas ocasiones, mucho más vanguardistas que las de otros autores que continúan vigentes en los estudios dramáticos.

No vamos a negar aquí su adhesión al régimen franquista, pero tampoco nos gustaría que quedaran olvidadas algunas de sus opiniones, aparecidas en columnas periodísticas, en contra de una dictadura que había llevado al exilio y la muerte de su hermano y su madre.

Son artículos que se publicaron en el diario abc principalmente a partir de 1946, algunos de ellos censurados en su última parte, de forma muy hábil, emborronando las últimas líneas, como si de una errata se tratara.

En el artículo aparecido el 17 de septiembre de ese año, Manuel dejaba clara cuál era su postura ante la dictadura; postura que, por otra parte, para lo único que sirvió fue para abandonar en un oscuro rincón la literatura, la poesía, sus escritos teóricos sobre teatro, un sinfín de críticas teatrales, y la dramaturgia conjunta con su hermano Antonio.

Bajo el título “Pasando hambre…” describía Manuel:

Hoy por hoy, en todo caso, la verdadera plaga es el hambre… Se ha destruido mucho en estos años de guerra… El campo, la tierra, sólo fue campo de batalla y tierra para enterrar… Las industrias solo produjeron máquinas destructoras…

Con lo que costaban las municiones gastadas en un día, podría haberse hecho la fortuna de muchas familias. Y con la totalidad de lo empleado en matarse… acaso se hubiera podido vivir[37].

El 17 de diciembre de 1946 en “«Caballería» e Internacional” daba la bienvenida a una Sociedad de Naciones; Sociedad de Naciones que debería apoyar al más débil y no al más fuerte, como había ocurrido hasta ese momento:

Que venga, pues, enhorabuena la nueva Sociedad de Naciones, porque –ésa es otra- de un poder superracional no hay que evadirse si queremos evitar los horrores de una nueva guerra; pero que esa Sociedad no venga como consecuencia de la victoria del más fuerte y para garantía –innecesaria- de su tranquilidad y provecho, ni menos como la imposición arbitraria, drástica y violenta, de una ideología política y social, que ha desembocado ya en dos guerras feroces y asoladoras de esa misma civilización material –y materialista- de que blasonan los nuevos arreglamundos, antes bien, como la salvaguardia del débil, inteligente y bueno, triunfo de la calidad sobre la cantidad, apoyo de la razón y la justicia, amparo de los sentimientos nobles y generosos; garantía, en suma, de que Don Quijote no será más apaleado por los yangüeses[38].

Pero no era esta la primera vez que Manuel Machado adoptaba una postura crítica ante la política. Una década antes, en 1937, ya se había decantado por esta escritura crítica frente al Régimen, que atacaría en sus columnas periodísticas. Él mismo sufrió la censura en la publicación de sus propios artículos. Uno de ellos, “Intenciones. Hombres” apareció con las últimas líneas emborronadas. El artículo trataba sobre la última publicación del libro de Miguel Artigas Ferrando sobre la figura de don Luis de Ulloa y Pereyra, escritor y amigo del Conde-duque de Olivares.

Hasta la fecha nadie a encontrado el original que nos indique cuáles fueron esas frases tan irreverentes que no podían aparecer en el diario. Lo que sí tenemos son las últimas líneas visibles de ese artículo, que dicen:

Y entonces, con una mezcla de cariñoso reproche y de amargo reconocimiento de la realidad, hubo de decirle: “Está visto que aquí, para tener hombres, hay que irlos a buscar. Porque los que vienen a ofrecerse, o no lo son, o son los más ruínes.”

¡Brava palabra la del conde duque! ¡Brava y magnífica sentencia, digna de esculpirse en mármoles y bronces[39].

A estos artículos ya se refirió en su día Miguel d’Ors, en un intento por rescatar la figura del autor. En un artículo aparecido en la revista Ínsula en 1985 afirmaba:

Hay, sin embargo, en el último Manuel Machado una faceta casi absolutamente ignorada cuyo conocimiento puede afectar a ese tópico y que por ello me parece importante revelar. Me refiero a su dimensión de crítico del franquismo.

He escrito arriba «casi absolutamente» porque ya Gordon Brotherston apuntó, aunque de manera sucinta y algo confusa, la aparición de ciertos síntomas de disidencia en el Machado de los años 40.

[…] la identificación de Machado, hombre de talante y formación liberales y desde 1936 profundamente católico, con la ideología del Movimiento no parece haber llegado a ser absoluta e incondicional, a pesar de las apariencias, ni siquiera en los años de la guerra (en  lo que, por otra parte, don Manuel contribuyó considerablemente a la propaganda «nacional»). Así nos lo indica la intervención de la censura gubernamental en el artículo de Machado «Intenciones. Hombres», que apareció en la primera página del ABC de Sevilla del 10 de septiembre de 1937 con la última parte de su texto cuidadosamente emborronada[40].

De esta censura tenemos justificación gracias al recopilatorio de cartas realizado por el investigador Pablo González Alonso:

En la misma época, dentro de aquel mismo ambiente de confusión todavía tras la reciente guerra, está escrita la carta de Francisco de Cossío comunicando a Machado la censura de dos artículos suyos, en ABC, «por razones –dice- que le explicaré de palabra»; era el fin de septiembre de 1939[41].

Durante el año de 1946, el descubrimiento de la bomba atómica y sus consecuencias, fue noticia durante muchos meses en la prensa. También Manuel Machado se hizo eco de este “progreso (?) científico” y dedicó unos cuantos artículos a criticar el nuevo hallazgo. En todos ellos, con una enorme ironía, enjuicia a quienes apoyan la manipulación y distribución de la bomba atómica, descubierta –o al menos sacada a la luz- al año siguiente de finalizar la II Guerra Mundial:

No quisiera ponerme demasiado serio… Porque al fin y al cabo puede que la cosa no valga la pena de amohinarse mucho…

Pero a mí este año de gracia de 1946 me preocupa… Y si dijera que me “asusta”, no creería exagerar demasiado.

[…]

Si piensa que la tierra debe servir para algo más que para enterrar. Y que también podemos andar sobre ella y arrancarle “el pan de cada día”…

Si encuentra grato respirar el aire y beber el agua sin temor al veneno…

Si está un poco cansado de la violencia grosera, y a la larga inútil, porque al fin hay que hablar…

Si abomina sinceramente de la cobardía heroica y de la tragedia fea de una guerra que convierte a los hombres en máquinas de matar y de morir –carne de cañón y cañón de carne- sin verse siquiera los unos a los otros…

[…]

Pero si así no fuera y –como ya predicen agoreros siniestros- el hombre se obstina en preferir a la sonrisa y el beso, la patada y el tiro… Y al abrazo fraternal, el “quijanazo” chinesco…

Entonces en una pugna espantosa, en que la bomba del “supremo deshacedor” hará lo suyo…, la Humanidad se habrá suicidado.

Pero, entonces, me diréis, no se habrá perdido gran cosa…

Conformes de toda conformidad[42].

Así comenzó el año de 1946 para Machado, quien aprovechaba su columna periodística en el abc para continuar criticando una actitud, no solo hacia quienes en los laboratorios estudiaban un arma, hoy llamaríamos de destrucción masiva, sino que, además, lanzaba duras críticas hacia quienes apoyaban esta gestión.

Parece que se aproxima la época triunfal del sentido común. Una nueva concepción del mundo y de la vida, como consecuencia de los últimos progresos (?) científicos, sobre todo los de la Física corpuscular y la Química nuclear…

[…]

Para ello habría que poner en juego el sentido común. Y, lo primero, desprenderse de una serie de tópicos que fingimos o creemos sinceramente entender, aunque no son –a poco espacio que se miren- sino verdaderos “camelos” incomprensibles, logomaquias sin la menor realidad ni existencia. “Palabras, palabras y palabras”, que dijo Hamlet…

[…]

… me atrevería yo a proponer que, así como en varias épocas del año impone nuestra Santa Religión a damas y caballeros ciertos “Ejercicios espirituales” en que fue maestro insuperado el gran San Ignacio, se dieran también a caballeros y damas unas buenas tandas de “Ejercicios” de sentido común, para enseñarles a pensar con la cabeza sobre la verdadera realidad de la vida actual y a ajustar la conducta a la lección que de los nuevos hechos se desprende[43].

Otros artículos recogían más claramente una invectiva a la dictadura de Franco. El artículo aparecido el 2 de abril de 1946 dice así:

Se puede morir por una idea.

No se puede matar por una idea.

Idea que empieza por matar no triunfa.

Nunca.

[…]

El nazismo y el fascismo… Cayeron vencidos.

Porque empezaron matando, drásticos y violentos.

[…]

A los que se acogen al finis coronat opus, el fin justifica los medios, hay que decirles que no; que el bien no basta con hacerlo[44].

Y en referencia a esta postura de Manuel Machado, reseñar un artículo publicado el 6 de marzo, en el que a modo de cuento, narra la aventura de Gerardo Liaz Vázquez, personaje que se le aparece en un sueño, para mostrarle el fin del mundo. Nos han llamado la atención ciertos párrafos del artículo en los que, parece, el autor pide una revisión de su figura: habla de las ganas de morir porque no soporta más la carga que lleva a cuestas, habla de su buen comportamiento como “penado” y de la revisión de su causa:

- No tanto… Dos mil años, mal contados, no son nada comparados con la eternidad.

- Son lo bastante para darse cuenta de lo poco que el hombre ha variado en ese tiempo.

- Pero ha progresado.

- O  regresado… La guerra, por ejemplo, es hoy mucho más estúpida e ineficaz que en los buenos tiempos de Horacios y Curiacios, o de los juicios de Dios, sin ir tan lejos…

- ¿Ha tomado usted parte en muchas batallas?

- Activamente en ninguna… No pudiendo morir yo, me hubiera parecido inicuo blandir o disparar un arma contra nadie.

- ¿De modo que sigue usted condenado a vivir y andar eternamente?

- Desde luego… Aunque el rigor de mi condena se ha atenuado bastante. Ya hace tiempo que se me permite detenerme y descansar algunos ratos… Parece que en Altas Regiones se aprecia mi buena conducta de “penado” y hasta se me disculpa vagamente un tanto[45], pensando que a mí no me pasó nunca por la cabeza que un condenado a muerte pudiera ser Dios… En mi vida relativamente larga he comprobado que la mayoría de los hombres ha pensado sobre poco más o menos lo mismo, aun después de haber visto y sabido pertinentemente lo que yo entonces no pude imaginar siquiera[46]… Pero, además, tengo motivos especiales para esperar que la revisión de mi causa está próxima.  Acaso muy pronto pueda yo dormir… Y morir, que es, de momento, mi aspiración suprema[47].

[…]

- Justamente… Pues ya sabe usted que se viene cumpliendo con bastante exactitud [se refiere a la profecía de San Malaquías del fin del mundo] y se diría que los hombres tienen interés en sacarla verídica de todo punto[48].

Finalmente, nos gustaría incluir unas líneas de un artículo de esta misma época, publicado un año antes de su muerte. Se hacen claras referencias a la política de izquierdas que había triunfado en otros países y que en España había sido aniquilada con la llegada de la dictadura de Franco:

España del XIX, tan simpática y tan disparatada… Una España que empezaba por reírse del hambre… ¡Cuántas vueltas ha tenido que dar el mundo para que en España el hambre se trocara en algo trágico… -precisamente cuando dejó ser hambre-, para convertirse en socialismo, anarquismo, comunismo… cosas serias incapaces de risa y aun de sonrisa…

[…]

Lo que yo no aseguraría es que ese tipo del luchador, desaparecido en los últimos años del XIX, no haya sido un primer “avatar” –en todo caso el precursor- de un Lenin o de un Hitler…[49]

Los últimos versos que conservamos de Manuel Machado son los dedicados al poeta Manuel de Falla, escritos unos días antes de morir, y que fueron publicados el 21 de enero de 1947, por el diario abc, en su portada, en un artículo de Luis Calvo, bajo el título “El poeta de la gracia”.

El artículo reproduce una fotografía con las últimas cuartillas del poeta:

Los últimos versos que escribió Manolo Machado  -ya en cama y doliente del mal que apagó el domingo su vida- prendieron en un puro ardor lírico que se sobreponía momentáneamente a la fiebre corporal: Psiquis, con su lámpara de ágata en la mano, buscando, por el sendero oscuro e inexorable, la belleza sempiterna y la suprema diafanidad.

Resuena Falla…

Manuel de Falla… Manuel

de Cádiz y de Sevilla.

Manuel de la seguiriya,

de la almendra y del clavel…

Sólo él

hizo en el mundo sonar

y al mundo entero admirar

lo que entendíamos pocos

amantes sabios y locos

de poesía popular.

Ay, noches del Albaicín

de luna desparramada.

Ay, ponientes de Granada,

de caramelo y carmín.

Ay, jardín,

milagro de sombra y flor,

del saber y del sabor.

De toda mi Andalucía…

que sin ti no se sabría

Manuel, supremo cantor!

Ángel, sombra, gracia, aquel…

Desde la cumbre nevada

a la falda caldeada

desde la piedra al vergel!

Y al pie de él

el cantar de las ondinas,

las campanas submarinas

de Atlántida, allá en lo hondo,

del glauco imperio del fondo

las melodías divinas.

¡Ay, Manuel!

que solo las oyó él.

Ángel, sombra, gracia, aquel…[50]


[1]. Después vendrían Antonio, Rafael (que falleció cuando contaba poco más de un año), una niña (de la que no se sabe el nombre y que, como el anterior, falleció cuando no había cumplido un año), José, Joaquín, Francisco, Cipriana (que falleció a los quince años), y Ana (que falleció al poco de nacer).

Puede consultarse el árbol genealógico completo en Ian Gibson: Ligero de equipaje, Aguilar, Madrid, 2006, pp. 642-643

[2]. Machado, Manuel; José María Pemán: Unos versos, un alma y una época,  Ediciones Españolas, Madrid, 1940, p. 33

[3]. Pérez Ferrero, Miguel: Vida de Antonio Machado y Manuel, Espasa-Calpe/Austral, Madrid, 1952, p. 38

[4].  Machado, Manuel; José María Pemán: Unos versos, un alma y una época,  Ediciones Españolas, Madrid, 1940, p. 50

[5]. El poema que aparece en la tercera página de El Porvenir, el 28 de septiembre de 1896, se titula «Fin de siglo»:

Vedle, es el siglo; trémulo y cansado

al pronto fin dudoso peregrina,

y a la ignota región donde camina

mira con turbios ojos fatigado.

Como todo, al morir, tiembla animado

del último fulgor que lo ilumina;

mas luego, al pecho la cabeza inclina,

el cuello a los recuerdos doblegado.

¡El siglo va a morir! Y antes, doliente

vedle oscilar al pálido reflejo

del adiós vago, de la luz poniente;

sintiendo al fin de su dudar perplejo,

un mundo nuevo allá bajo la frente,

y aquí, en el corazón, un mundo viejo.

Alarcón Sierra, Rafael: “La prehistoria de Manuel Machado” Revista de Literatura, LVII, 113, 1995, p. 116

En el artículo se pueden consultar todas las poesías publicadas en estos años por Manuel Machado. Se incluye, asimismo, en éste el cuento «Solo» publicado en El Porvenir el 11 de octubre de 1896; que había aparecido anteriormente en La Caricatura, nº 62, página 11, el 24 de septiembre de 1893 (Sección: “En serio y en broma”)

[6]. Se dedicaron a la parte referida a los verbos.

[7]. Alarcón Sierra, Rafael: “La prehistoria de Manuel Machado” Revista de Literatura, LVII, 113, 1995, p. 125

[8]. Manuel Machado en su Unos versos, un alma y una época data esta obra de 1911, aunque la primera edición localizada en la Biblioteca Nacional está fechada en 1912.

Cante Hondo (1911). Primera edición. (Van ya diez.) Cantares, canciones y coplas al estilo de Andalucía.

Machado, Manuel: Unos versos, un alma, una época, Ediciones Españolas, Madrid, 1940, p. 90

[9].  García-Abad García, Mª Teresa: “La crítica teatral de Manuel Machado en La Libertad (1920-1926)” en Revista de Literatura LIII, 106, 1991, p. 539

[10]. op. cit. p. 548

[11]. Machado, Manuel: Un año de teatro (ensayos de crítica dramática), Biblioteca Nueva, Madrid, 1918

[12]. Ibídem.

[13]. Los tres artículos a los que nos vamos a referir a continuación se publicaron ocho años más tarde, en 1926, en La Libertad, en las siguientes fechas: 18 de marzo, 26 de marzo, y 22 de abril.

[14]. Machado, Manuel: “Hacia un teatro nuevo” en El Liberal, 25 de julio de 1918 (portada)

[15]. Ibídem.

[16]. Ibídem.

[17].  Machado, Manuel: “Hacia un teatro nuevo (II)” en El Liberal, 2 de agosto de 1918 (portada)

[18]. Machado, Manuel: “Hacia un teatro nuevo” en El Liberal, 25 de julio de 1918 (portada)

[19]. Machado, Manuel: “Hacia un teatro nuevo (II)”, en El Liberal, 2 de agosto de 1918 (portada)

[20]. Esto fue lo que ocurrió con Lola Membrives, en opinión de Antonio Machado, en la interpretación de La Lola se va a los puertos. Este aspecto se detallará cuando hablemos de la correspondencia mantenida entre Antonio Machado y Guiomar.

[21].  Machado, Manuel: “Hacia un teatro nuevo (III)” en El Liberal, 26 de agosto de 1918 (portada)

[22].  Machado, Manuel: Un año de teatro (ensayos de crítica dramática), Biblioteca Nueva, Madrid, 1930.

[23]. Machado, Manuel: “La cuestión del cinematógrafo” en El Liberal, 1 de diciembre de 1916, portada.

Reproducido, con algunas variantes, aunque no pierde su sentido original, en La Libertad, el 27 de mayo de 1926.

[24]. Ibídem.

[25]. Ibídem.

[26]. Machado, Manuel: “Del telón afuera. Sobre los géneros teatrales. A Tomás Borrás” en El Liberal, 6 de febrero de 1917

[27]. Ibídem.

[28]. Aspecto este que le fue criticado en muchas ocasiones. Se le consideraba excesivamente benévolo en sus críticas teatrales, llamando, como muy bien dice él mismo en este artículo, mediano, a lo rematadamente malo.

[29]. Machado, Manuel: “Del telón afuera. Sobre los géneros teatrales. A Tomás Borrás” en El Liberal, 6 de febrero de 1917.

[30]. Machado, Manuel: “Sobre la crisis teatral y los medios de conjurarla. Hacia un nuevo y gran Teatro” en La Libertad, 18 de marzo de 1926.

El artículo ya había sido publicado, parcialmente, ocho años atrás en El Liberal (el jueves, 25 de julio de 1918)

Por otra parte, destacar aquí la diferencia de opinión de Manuel Machado sobre el astracán. Recuérdese el artículo publicado en El Liberal, en el que, en carta dirigida a Tomás Borrás, hacía especial hincapié en la importancia de este género, siempre que estuviese bien construido. Ocho años más tarde, Manuel Machado ve en el astracán uno de los motivos de la crisis teatral; probablemente, y a nuestro juicio, porque el astracán se había convertido en algo “bufo”, no teatral, y porque, a tenor de las reflexiones que realiza, el público había empezado a cambiar y buscaba una renovación en el arte dramático.

Además, cabría destacar otra serie de artículos publicados, años más tarde, en La Libertad, sobre este asunto:

-        “Sobre la crisis teatral”, 4 de septiembre de 1926, p. 4

-        “Sobre la crisis teatral. II”, 10 de septiembre de 1926, p. 4

-        “La crisis teatral: Los empresarios.-El director.-La crítica”, 1 de octubre de 1926, p. 4

[31]. Hemos localizado una serie de artículos en esta sección, que aparecía en la portada del diario, y en la que también participaron Víctor de la Serna, Pedro de Répide, Emilio Carrere, Cristóbal de Castro y Eduardo Haro, que recogen a través de la poesía un compendio de retales de la vida cotidiana; desde Pierrot y Arlequín hasta las mujeres de Romero de Torres, muchos de los aspectos de la vida cultural de aquellos años quedan reflejados en estas colaboraciones.

A continuación anotamos las fechas y los títulos de esta participación en La Libertad:

De 1933:

22 de octubre: “El mejor minero”

29 de octubre: “Blasco Ibáñez, el poeta” (p. 3)

3 de noviembre: “Salón de Otoño. Mujeres de Romero de Torres”

12 de noviembre: “Los pobres números”

19 de noviembre: “La isla ideal”

26 de noviembre: “La guitarra de Ángel Barrios”

3 de diciembre: “Literatura tendenciosa”

10 de diciembre: “La capa española”

17 de diciembre: “Frío”

26 de diciembre: “La Sagrada familia (Escuela sevillana)”

31 de diciembre: “Don José María Nadie”

De 1934:

7 de enero: “Tardes de Madrid”

14 de enero: “Canción de la calle”

21 de enero: “La canción del alba”

28 de enero: “La tragedia fea”

4 de febrero: “El «couplet»”

11 de febrero: “Carnavalina”

18 de febrero: “Piñata”

25 de febrero: “El traje de luces”

18 de marzo: “El Gallo ha vuelto”

25 de marzo: “Cante hondo”

1 de abril: “La «gloria» del sábado” (reproducido en anexo)

8 de abril: “La famosa crisis” (reproducido en anexo)

22 de abril: “Los empresarios” (reproducido en anexo)

29 de abril: “La ley, la orden, la paz”

6 de mayo: “Libros y libreros”

13 de mayo: “El teatro y el cine” (reproducido en anexo)

20 de mayo: “Mayo, gentil…”

27 de mayo: “Domingo”

3 de junio: “A Concepción Arenal”

10 de junio: “Lo más «práctico»”

17 de junio: “En la octava de San Antonio” (p. 3)

23 de junio: “Cavatina flamenca” (p. 3)

8 de julio: “Verano” (p. 3)

[32]. La entrevista no ha podido localizarse. Ésta fue remitida por Pablo del Barco a Jordi Doménech, cuando estaba compilando sus Prosas Dispersas. Brotherston fue el primero en hacer referencia a ella, pero la localizaba en el diario Ahora. Este diario fue revisado por algunos investigadores sin éxito alguno. Doménech apuntaba la posibilidad, por la tipología del texto, de que se localizara en el diario La Voz. Éste ha sido revisado por varios investigadores, entre ellos Ian Gibson, también nosotros, sin éxito alguno.

Jordi Doménech nos apuntó la posibilidad de que la entrevista pudiera haberse publicado en diarios republicanos de menor tirada, todavía hoy sin revisar.

Con todo, el texto se conserva, aunque no se sepa su datación exacta.

[33]. Viu, Francisco de: “Manuel y Antonio Machado disertan como convencidos republicanos” en Jordi Doménech, Prosas Dispersas, Páginas de Espuma, Madrid, 2001, pp. 685-688

[34]. Gibson, Ian: Ligero de equipaje, Aguilar, Madrid, 2006, p. 539

[35]. Fechada antes de la muerte de su hermano y su madre, y poco después de que a él le ayudaran a salir de la cárcel de Burgos. Téngase en cuenta la fecha de creación del poema, porque, al igual que en un momento de su historia, Manuel se decantó por seguir fiel al régimen franquista, también es cierto que años más tarde, especialmente tras la muerte de Antonio y su madre, utilizó las columnas periodísticas para criticar al régimen.

Igualmente no habría que perder de vista el interés que Manuel puso en que se estrenara la obra de Antonio, El hombre que murió en la guerra, incluyendo un prólogo y su firma, para que pudiera llevarse a escena. Con todo, la obra pasó por una cruel censura que no permitió la escenificación de toda la obra completa.

[36].  Machado, Manuel: “¡España!” en abc (Sevilla), 6 de enero de 1937, p. 5

[37]. Machado, Manuel: “Pasando hambre…” en abc, 17 de septiembre de 1946, p. 3

[38]. Machado, Manuel: “«Caballería» e Internacional”  en abc, 17 de diciembre de 1946, p. 3

[39].  Machado, Manuel: “Intenciones. Hombres”  en abc Sevilla, 10 de septiembre de 1937, p. 3

[40]. D’ Ors, Miguel: “Manuel Machado, crítico del franquismo” en Ínsula, nº 460, marzo 1985, pp. 17-18

[41]. González Alonso, Pablo: Cartas a los Machado, Diputación Provincial de Sevilla, Sevilla, 1981, pp. 243 y 289.

[42]. Machado, Manuel: “¿1946?” en abc, 15 de enero de 1946.

[43]. Machado, Manuel: “«Ejercicios» de sentido común” en  abc , 11 de octubre de 1946, p. 3

[44].  Machado, Manuel: “El quinto no matar” en  abc , 2 de abril de 1946, p. 3

[45]. No sería de extrañar que, algunos de los intelectuales exiliados, tras la muerte de su hermano, condenaran su actitud, al pasarse al régimen franquista, en vez de continuar fiel a sus principios republicanos, como había proclamado durante años, hasta el momento de la guerra civil y su encarcelamiento en Burgos.

[46]. Pudiera referirse al exilio de su familia. Él fue el único que permaneció en España durante la guerra civil. Uno de sus hermanos ya vivía en el extranjero, y Francisco, José, y Antonio salieron hacia el exilio una vez comenzada la guerra civil. Francisco, por aquel entonces funcionario de prisiones, partió hacia Argentina; los otros siguieron el “camino hacia el exilio” que hoy se conoce.

[47]. Aspiración que se cumpliría un año más tarde.

[48]. Y aquí vuelve Machado, seguramente para eludir la censura, a su tan reiterado tema de la crítica a una sociedad que con los progresos científicos quiere acabar con la vida humana.

Machado, Manuel: “El final de la historia” en  abc , 6 de marzo de 1946, p. 3

[49]. Machado, Manuel: “Españoles del XIX: «Un luchador»” en abc, 19 de marzo de 1946, p. 3

[50].Calvo, Luis: “El poeta de la gracia” en abc, 21 de enero de 1947.

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