MANUEL MACHADO. Un curioso manuscrito inédito: LA AUTOBIOGRAFÍA DE DON JOSÉ ÁLVAREZ GUERRA, publicado en la REVISTA de la BIBLIOTECA, ARCHIVO Y MUSEO, del Ayuntamiento de Madrid, de abril de 1926, número 10, págs. 177 a 183.. | Machado. Revista de estudios sobre una saga familiar.

MANUEL MACHADO. Un curioso manuscrito inédito: LA AUTOBIOGRAFÍA DE DON JOSÉ ÁLVAREZ GUERRA, publicado en la REVISTA de la BIBLIOTECA, ARCHIVO Y MUSEO, del Ayuntamiento de Madrid, de abril de 1926, número 10, págs. 177 a 183..

Posted By on marzo 25, 2012

MANUEL MACHADO.

 

Un curioso manuscrito inédito: LA AUTOBIOGRAFÍA DE DON JOSÉ ÁLVAREZ GUERRA,

publicado en la REVISTA de la BIBLIOTECA, ARCHIVO Y MUSEO, del Ayuntamiento de Madrid,

de abril de 1926, número 10, págs. 177 a 183.

 

Mi bisabuelo D. José Alvarez Guerra — el padre de mi abuela paterna —  fué un hombre modesto y sencillo; pero, en realidad, todo un hombre. Su vida participó por igual y en alto grado de la acción y de la reflexión. En el terreno de los sentimientos y en el de las ideas su actividad fué grande, extraordinaria. Es decir, que no vivió sólo para sí y para los suyos, sino para la Patria y para la Humanidad.

José Álvarez Guerra

Como patriota, cuando la invasión francesa de 1808 vino a interrumpir sus estudios, no se contentó con dejar las letras por las armas y hacerse soldado como uno de tantos. En unión de sus dos hermanos, Andrés y Juan — el que luego fué con Mendizábal ministro de la Gobernación – fundó, equipó y mantuvo a su costa el batallón de Cazadores de Zafra. Fué un buen oficial de Estado Mayor durante toda la guerra de la Independencia, en la cual realizó verdaderas proezas como la cosa más natural del mundo.

Este brillante principio de una gloriosa carrera militar no le impidió, una vez terminada la guerra y completamente limpio de invasores el suelo de España, abandonar las armas para dedicarse de nuevo al estudio, alternado con la política durante los «mal llamados años» del 20 al 22, lo que le valió el consiguiente destierro. Vuelto a España para entregarse definitivamente a las especulaciones científicas e intelectuales, no se conforma con menos de crear iodo un sistema filosófico y moral orlginalisimo, y que por maravilla de adivinadora intuición contiene en germen la base de las teorías filosóficas alemanas desarrolladas luego por aquellos grandes pensadores. Titúlase la obra de Aivarez Guerra «La Unidad simbólica. Destino del hombre en la Tierra o Filosofia de la Razón, por un amigo del Hombre».

De ella dice Menéndez y Pelayo en la pág. 107 del tomo III de su Historia de los Heterodoxos Españoles, que es una «muestra originalísima del talento audaz e inventivo que tenemos los españoles, abandonados… a nuestra propia espontaneidad racional para ponernos de un salto, sin libros, en propia conciencia, y como por adivinación y ciencia infusa al nivel de los más adelantados desvarios intelectuales de otras naciones y hasta de la propia Alemania.
La Unidad simbólica — sigue diciendo Pelayo — se imprimió en 1837, cuando apenas ningún español había oído el nombre de Kant y menos el de Flchte, el de Scheilíngni el de Hegel; cuando nadie sabía de filosofía alemana, ni de metafísica transcendental, ni de sistemas de identidad ni de racionalismos armónicos.»
Y, resumiendo el sentido de La Unidad simbólica, añade el insigne polígrafo en la página 109 de su citada obra:
«El sistema es, pues, una especie de armonismo krausista, y eso que Alvarez Guerra no tenía el menor barrunto de la existencia de un hombre llamado Krause».

Los ejemplares de La Unidad simbólica han devenido rarísimos. En vano he buscado en nuestra riquísima Biblioteca Nacional los tres primeros tomitos en 8.° de unas doscientas páginas cada mío que conoció Menéndez y Pelayo y que yo recuerdo haber visto, de niño, en casa de mis abuelos, admirablemente encuadernados por mano del propio autor y publicados los dos primeros en Madrid, imprenta de Calero, en 1837, y el tercero en Sevilla en 1857. De los varios opúsculos o folletos sobre el mismo tema que Alvarez Guerra continuó añadiendo a la obra hasta 1860 tampoco he podido hallar rastro. Solamente ha venido a parar en mi poder un cuaderno autógrafo de mi bisabuelo que en sus primeros folios, del 1 al 20, contiene el Libro noveno – manuscrito de La Unidad simbólicas, fechado en Sevilla a 28 de mayo de 1860. Y precisamente, a seguida de esos folios, en el mismo cuaderno hay otras nueve hojas que contienen las notas autobiográficas de Alvarez Guerra, cuya reproducción es el único objeto de este artículo, y que dicen así:

 

«Biografía del autor de “La Unidad simbólica”

«Concluida la obra, dada la demostración matemática de la verdad divino universal y divino humana, debo presentar algunos rasgos característicos de mi vida desde mi niñez, porque pueden ser para la observadora meditación un hilo conductor que descubra la causa o el por qué, de mi vida tan singular, que me haya arrojado a componer una obra de varios tomos contra la sanción, creencia y opinión de todo el mundo, sin exceptuar ni un solo individuo. Aunque en el tomo primero, y tanto en su prólogo, como en su fin, me explico en este sentido, también me he dejado la explicación de muchos y esenciales rasgos de mi vida que presentan este cuadro a su verdadera luz.

En mi niñez, desde que mi inteligencia puede tomar noción de sí misma, es decir, desde los cuatro a cinco años de edad, me ví poseedor de un sueño tan profundo a las horas de dormir, que era un imposible absoluto despertarme en el centro de mi sueño. Una noche me caí de mi catre (entonces no se gastaban esteras), di con las narices en los ladrillos, eché un lago de sangre y no desperté. Mi padre nos llamó a siete hermanos otra noche a la salita chica que estaba adornada con taburetes de baqueta de Moscovia, de brazos y grandes; yo el más pequeño puse los pies en la traviesa y me dormí en el sermón y me caí de cabeza. Al ruido del golpe mi padre se volvió y dijo a mi madre: Ana que se lleven ese niño a la cama. No desperté pero al día siguiente tuve un fuerte dolor del pescuezo, pues milagrosamente no me había desnucado.

Quando nos mandaban acostar nunca tenía tiempo de acabar de desnudarme y me dejaba caer en el cofre dormido, y mí madre al registro nocturno de los hijos; ya está José, decía, en el cofre y me desnudaba y acostaba. Ya se cansó una noche y quiso que se las pagase todas dando pellizcos de monja; pero fueron tales los codazos con que me •desquitaba dormido que tuvo a bien desnudarme todas las noches. Cuando ya aflojaba la intensidad de mi sueüo, bastaba decirme muy quedito ai oido, Pepe, y respondía en el mismo tono como si fiubiese estado completamente despierto; pero no despertaba al ruido de una tambora. Basta de sueño por ahora.

Seguí mi vida sin novedad particular y mis estudios. Estudié Lógica, Física y Metafísica, en un convento de Franciscanos observantes, y determinaron mis padres pedir al Consejo dispensa del curso de filosofía moral que la concedió el Consejo; pero llega a la Secretaría de Salamanca cuando estaba aprobada en la misma Secretaría un curso falso de Filosofía fraguado a solicitud de un tío mío muy entrometido. Entonces el cancelario, muy amigo de mi tio, me llamó y dijo que no se me inquietaría; pero no podría ganar curso y por esto no compré libros •ni asistí a Cátedra. Y sin embargo conseguí cédula de haber ganado curso por empeños. A! año siguiente me matriculé en segundo año por lo mismo que el primero, sin libros ni asistencia y costó mucho trabajo obtener la cédula de curso; al fin de este año 1797, D. Francisco Cantero, Bibliotecario mayor de la Universidad, amigo de toda mí familia me dijo que estaba perdiendo mi carrera, que él reuniría al Claustro para rehabilitarme como pudiese lograrlo. Le rogué lo hiciese así, y él obtuvo que estudiase Filosofía moral al año siguiente y que se me pasasen los dos años de Leyes estudiados, y quedé hábil para pasar al tercero de Leyes después de la Filosofía moral. A pocos días de matriculado en tercero de Leyes, recibí una carta de mi hermano Juan el mayor, diciéndome, que si me graduaba a Claustro pleno en aquel año me iría con él a Madrid pues le hacia falta para la traducción del Diccionario de Agricultura del Abate Rozier. Mi compañero de posada Ladrón de Guevara se admiró de verme tan pensativo con la carta y me preguntó. Yo me levanté y dije lleno de entusiasmo: ya estoy graduado: me •creyó loco: no estoy graduado, repetí; pero lo estaré dentro de ocho meses, y salí al punto por libros, pasantes y todos los auxilios. Graduado a los ocho meses. Estudié en ellos los cuatro años de Leyes y salí a trece horas diarias de estudio. Y mi tío el que había fingido o hecho fingir el curso de Filosofía moral tomó un coche por temporada y llegó por mí a Salamanca la víspera de mi grado en que hubo la particularidad de votarse tres veces a instancia del Bibliotecario mayor que no quería conformarse con dos erres entre 19 examinadores; pero era porque no sabía los antecedentes. El año antes se había graduado Ladrón de Guevara mi compañero y dos enemigos llamados Laso y Gutiérrez le echaron dos erres, y yo imprudentemente reñí a poco con Gutiérrez por su injusticia y me la guardaron para entonces (1). Pasé a Madrid donde trabajé con gusto y contento los cinco años que duró la obra. Estudié Matemáticas en San Fernando con D. Antonio Baras y D. Magín Vallespinosa.
(1) Es curioso el cuadro que aquí se transparenta de la vida académica y estudiantina de Salamanca a fines del siglo xviii y principios del xix, no por que nos revele nada desconocido, sino por io vivo de la pintura.

Concluida la traducción, la Junta de Comercio, moneda y minas pidió a mi hermano su parecer acerca de una Memoria de curtidos de cuyas resultas quisieron que pusiese una fábrica con los fondos de la piedra lápiz; pero mi hermano dijo que él tenia fondos para ponerla, y la pusimos en efecto; pero la abandonamos con pérdida de unos 80.000 reales cuando entraron los franceses.

El día 2 de mayo me quisieron matar dos veces en la Puerta del Sol y en la calle del Arenal; pero me salvó el librero Alonso arrancándome el cuchillo que llevaba que si doy tres pasos más, me cuesta la vida como él mismo dijo después a mi madre. En la calle del Arenal un soldado al tiempo de ir a darme un bayonetazo vino otro que conocí porque le había socorrido con pan en la plaza y le separó, pues había tenido compasión de ellos. Aquella tarde devolví a un Capitán su sable, recogido por un porque el pueblo no lo matase en mi misma calle de la Encomienda, junto a la del Mesón de Paredes y me entretuve en poner 12 proclamas a provincias escogidas encendiendo el patriotismo de los españoles con la relación de las crueldades de los franceses (1). (1) Adelantose en esto, o coincidió al menos con el famoso alcalde de Móstoles, tan justamente glorificado. Y es muy cierto que el ejercicio de escribir proclamas en el mismo Madrid la noche del 2 de mayo y enviarlas a provincias encendiendo el patriotismo de los españoles con la relación de Ias crueldades de los franceses”, pudo costarle un disgusto tan serio como el que le hubiera ocasionado la tenencia del cuchillo que tan a tiempo le arrebató el buen Alonso.

MI hermano estaba en Extremadura; pero pude escapar con una hermanita a los quince días de Madrid y llegué a mí pueblo de Zafra donde mi hermano Andrés conmigo levantamos un batallón cazadores de Zafra siendo él nombrado Coronel y yo Capitán de la primera compañía. A poco tiempo pedí a la Junta Suprema que me permitiese salir con mi compañía hasta donde encontrase a los franceses; no sólo me lo permitió, sino que me reforzó con 8 Dragones de Cáceres. Cinco veces le remití prisioneros y cuando volvimos nos hicieron poner en la manga un escudo que decía se distinguió en Carmonita. Permanecimos de guarnición en Badajoz hasta el sitio de la plaza; pero una orden del General Castaños durante el sitio, de que los Oficiales que hubiesen estudiado Matemáticas y tuviesen conocimiento de Lenguas se presentasen de Adictos al Estado Mayor, me arrancó de mi compañía la que lo sintió porque su Capitán la estuvo manteniendo más de dos meses en que nada absolutamente percibió. Entregada la plaza pasé de Adicto a Valencia de Alcántara con el Estado Mayor siendo mi Jefe de Estado Mayor el General D. Martin de la Carrera. Un día en conversación con éste, me dijo: ¿Es V. también de los tontos que creen en la Taquigrafía? Y de los que la ejecutan, le respondí. ¿Conque podrá V. escribir lo que le diga o le lea? Hace ya cuatro años que la he dejado y no puedo estar tan al corriente. Necesito ahora ir repitiendo lo que V. me lea o hable al mismo paso para que note V. mi velocidad taquigráfica. Pues vamos allá: tomó un libro y me leyó como una hoja. Le ocurrió la dificultad de que me la hubiese aprendido de memoria; pues léame V. de otra parte o de otro libro, y dígame cuál de ellas quiere V. que le ponga en castellano. Hízolo asi, y guardando debajo de su brazo el libro me dijo lo que debía ponerle en castellano: puesto que fué como lo deseaba, soltó el libro y puestas las manos sobre la cabeza exclamó; ¡Qué brutos somos en no aprender una cosa tan útil!

La Regencia nos mandó en seguida de Jefe del Estado Mayor a D. Pedro Agustín Girón, Duque de Ahumada después; llegó con severidad y nos encargó Formar una Memoria a cada uno del ramo de que estuviese encargado: yo de las guerrillas con el nombre de escuadrones francos; cuando vio mis trabajos me tomó mucha amistad aconsejándome que solicitase entrar de efectivo én Estado Mayor lo que hice y me vino el nombramiento. AI poco tiempo llegaron dos abogados de la Mancha, con una representación vertiendo sangre contra las guerrillas. El general puso al margen un decreto de destrucción contra tales excesos, y lo mandó a su sobrino, D. Pedro Agustín; éste, al punto, me llamó. Entérese usted — me dijo —, y póngame por escrito su parecer. Sabía yo en globo la substancia del memorial, y me presumía la decisión del general, y respondí a mi jefe: y si por acaso no coincide mi opinión con la del general, yo le ordeno a usted que me dé su parecer limpio y neto. En ese caso necesito antes verme con esos dos abogados. Vaya usted a su casa, que allá están dentro de un cuarto de hora. Tuvimos nuestra conferencia, y llevé a mi jefe el parecer que me pedía. Tomarlo y tomar la pluma para apoyarlo y desacer todo lo que habían fraguado, todo fué uno. El general me mandó un ayudante convidándome a comer, pero no acepté porque estaba con tercianas, y desde entonces todos los domingos que íbamos juntos a misa venia a saber de mi salud con mucho cariño.

Una partida que se formó en tiornachos me ordenó mi jefe regimentarla en cuerpo franco, y hecho lo que se mandaba, dijo que se hiciese sin discrepar de como yo lo proponía.

Recibi orden después de pasar al Puerto de Santa María a formar el ejército de reserva de Andalucía, y allí me reuní con mis compañeros nuevos y brillantes; y después de algunos meses de instrucción vinimos a Sevilla, y a mí me tocaba formar la batalla en Tablada, y en dos lineas, hasta que un día me llamó a San Juan de Aznalfarache para que saliese al siguiente a hacer el itinerario para el ejército en tres direcciones distintas, remitiéndole todos los días con un dragón del 12 los trabajos del anterior. Le hice presente que no llevaba tropa su- ficiente, y me respondió: Ab imposibUia nenio ienetar; mándelo usted cada tercer día. El itinerario es desde Sevilla al Tajo, donde están poniendo los ingleses un puente de cuerdas.

Salí a mi expedición, y en la Puebla del Maestre nos llovió toda la noche, y me tocaba vadear el río Vendobal. Todos los labradores se volvían a la mañana a sus casas, pues iba el río por cima de los molinos; pero yo no podía menos de enviar a Sevilla el trabajo de aquel día, aunque todos los labradores, a su vuelta, me decían que era en vano querer pasar el rio, que llevaba diez varas de fondo. Llego al rio en silencio, y le digo a mi caballo «entra»; entró, y empezó a nadar con mucho vigor; cuando llegué a la orilla opuesta volví la vista y vi tan sólo cuatro dragones; los demás, con mi secretario puesto de rodillas, se habían quedado temiendo ahogarse porque iba en un mulo; les dije que se volviesen aI pueblo que yo volvería dentro de tres días, y tomé por el puerto de Jabato a salir a Santa Olaya.

Seguí sin novedad aunque con detenciones por los malos caminos y las direcciones múltiples y en la Serena me encontré a D. Ventura Escario, otro ayudante de Estado Mayor, enfermo, aunque encargado del itinerario del Ejército desde el Tajo en adelante y seguí hasta Trujillo y el Tajo. Estaban echando los ingleses el puente de cuerdas en forma de rombos: lo dibujé y se lo remití al general conde del Abisbal que acababa de llegar a Trujillo y me llamó al día siguiente para darme las gracias por mi desempeño de la comisión, y seguí con el Ejército. En Santa María de Cubo una legua de Pancorbo me mandó el general recorrer pueblos pidiendo sábanas para hacer salchichones para baterías contra Pancorbo. A la noche de este día, en el que recorrí veinte pueblos, me dijo el general que ya habían empezado a entrar los socorros. Al día siguiente, se dispuso que las compañías de Granaderos y Cazadores a las ordenes de Arco Agüero y un comandante, Ruiz, atacasen el fuerte de Santa Marta dependiente de Pancorbo. Nunca quiso valerse del Estado Mayor para cosa en que pudiese lucirse, porque lo odiaba de muerte. A las tres de la mañana, me ordenó pasase a advertir a las compañías de ataque que avanzasen con precaución para evitar sorpresas; estando ya próximo al pueblo [sonó] una descarga de todas las compañías. Atacaron, dije, y a galope, ¿Donde está el comandante del puesto? Presente, ¿Por donde voy al fuerte atacado? Por esa callejuela, pero viene muy cruzada por las balas, y bajaban un herido diciendo: ellos me han dado un balazo; pero yo dejo muertos tres o cuatro. Llego al ataque y animo a la tropa. Traen un hacha del pueblo y a hachazos rómpese la débil barrera y sacamos treinta y nueve enemigos presos. Pregunto por los dos comandantes. Presentarse éstos y les doy la orden como la recibí, propósito firme en mí. Está tomado el fuerte, me contestan. Lo veo y he contribuido al éxito. Lo haremos presente con mucho gusto. Vuelvo volando. Mi general hemos tomado el fuerte. Ya iba yo a dar la orden de atacar. Bien, muy bien. Llega el parte con elogios del ayudante de Estado Mayor que suprimió el general cuando llevó al Gobierno la noticia, y supresión que pareció muy mal a D. Pedro Agustín Girón cuando lo supo. Al dia siguiente se rindió Pancorbo, y marchamos al sitio de Pamplona en donde tuvimos la gran batalla de Sorauren en compañía del ejército de lord Wellington. Duró tres días y vencimos a Soult que no pudo sacar la guarnición de Pamplona y el general Girón (mandado por el Gobierno a causa de haberse dicho muy enfermo de su antigua herida el conde del Abisbal por odio a lord Wellington) me mandó a Pamplona a imprimir esta gran batalla. En seguida pasamos al valle de Bastan y yo al Estado Mayor de Madrid, y de aquí a Sevilla en donde residía mi prometida (1), con quien me casé en 4 de mayo de 1814.

Vino Fernando VIl y abolió mi cuerpo de Estado Mayor por liberal y yo me retiré del servicio. Y me fui a cuidar del cortijo de casa San Jorge en el Algarvejo en Utrera. Tenia dos niños de dos y tres años en 1818 y estando en el paseo de la carretera con el marqués de Casa Ulloa, D. Simón Gibana, y otros amigos, llegaron mis niños con su instructor francés y el más pequeño se puso a jugar con un perrillo faldero del marqués, y de pronto dio un grito diciendo papá Je lui ai mis la maia a la bouche el il ne m’a pas mordu, y lo dijo con gran contento. Preguntáronme qué había dicho el niño, se lo expliqué, y quedaron admirados de que niños de dos y tres años hablaran en francés.

EI año de 1820 D. Agustín Arguelles me destinó a gefe político de Salamanca interino, y el 21 gefe polifico de la provincia de Palencia en propiedad. En 1822 gefe político de la provincia de Cáceres. Después me fui con mi familia a Francia donde permanecí más de dos años, y me acabé de convencer que sumados males y bienes, es muy preferible la sociedad española por su mismo atraso intelectual, o por su mayor inocencia a todas las conocidas.

En España el hombre prudente y ordenado, tiene una vida segura; pero no así en el extrangero; el más inocente no está seguro. Yo pacifico, cargado con siete niños el mayor de nueve años y con una esposa, ignorantes todos de las costumbres extranjeras, me hubiera visto expuesto a desgracias sin culpa mía, si hubiera estado suelto. Pero la Providencia siempre ha velado por mí. Hechos pasaron en la ciudad de Reimes que por su refinada malicia demuestran la exacta verdad de cuanto llevo manifestado.

Mis dos hijos mayores de cuarenta y cuatro y cuarenta y cinco años, están hoy 15 de octubre de 1860 en Zafra y Llerena. Abogado este primogénito, y de médico aquél sin ejercerlo porque no lo necesita. Ambos están bien y con cuatro y seis hijos en dos haciendas considerables de sus padres. Cipriana, la hija menor, de treinta y dos años, casada con D. Antonio Machado (1), decano en Filosofía e Historia Natural en la Universidad de Sevilla y médico-cirujano sin ejercicio, tiene un solo hijo (2) de catorce años sobresaliente en los exámenes; y mi hijo Pepe defectuoso de inteligencia con treinta y ocho años y con sentimientos excecelentes, y la obligación de pasearse todo el día de Dios; y por último yo con ochenta y dos años y siete meses, dando 6.OO0 reales de mi clasificación anuales a mi esposa desde que no puedo cuidar si no de mí mismo, desde la Riada de 1856.

Sevilla, a 15 de octubre de 1860. – José Alvarez Guerra (rubricado).

Esta somera autobiografía, tan llena de ingenua sencillez y aun de esa segunda infantilidad irremediable en que suelen caer las senectudes más provectas, tiene, sin embargo, a mi juicio, un interés real, no sólo para los aficionados a esta clase de lecturas de tan atrayentes cartas, memorias, confesiones, viajes, impresiones personales, por desgracia harto raras en España, sino para los investigadores y cronistas de una época tan importante, tan crítica, tan significativa en los anales de nuestra vida nacional, por referirse constantemente a hombres y a sucesos de alta significación en nuestra Historia.

Pero la principal razón que me ha movido a publicarla, lo que le da legítima cabida en las páginas de esta REVISTA, es la frecuente alusión a cosas y personas de Madrid en aquella época. El simple y sobrio relato de lo que ocurrió al autobiografiado el día 2 de mayo de 1808, fecha que vista desde aquí alcanza cuan otro relieve histórico magnífico, tiene un sabor de realidad y de vida verdaderamente impagable.

MANUEL MACHADO.

(1) D. Antonio Machado y Núñez, después rector muchos años de la Universidad de Sevilla; naturalista e historiador en España, con del Prado y Vilanova, de los estudios de prehistoria.
(2) D. Antonio Macliado y Alvarez, jurisconsulto, escritor y fundador del Folk-lore español.

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